Hay un momento —a veces muy silencioso— en el que algo dentro se cansa. Tal vez no pasa el primer día ni la primera semana. Aparece cuando el impulso inicial se diluye y sostener el cambio empieza a pesar más de lo esperado.
Quizá te propusiste cuidarte más, cambiar algún hábito, empezar algo nuevo o mantener una rutina que sabías que te vendría bien… Y ahora surge la tentación de abandonar.
No siempre como una decisión clara, sino como cansancio, desgana o una voz interna que te dice que no tiene sentido seguir intentándolo.
Si te reconoces aquí, es importante que pongamos algo en palabras desde el principio: no significa que hayas fallado.
En muchos casos, abandonar no tiene que ver con falta de constancia, sino con la forma en la que nos exigimos cuando intentamos cambiar.
¿Por qué aparece la tentación de abandonar los propósitos?
Porque sueles empezar desde el «todo o nada»
Muchos propósitos nacen desde una exigencia silenciosa: “esta vez sí, ahora lo haré bien”.
Pero la realidad no que lo hagas «bien» o «mal»: siempre hay una escala de grises entre el éxito total y el abandono. Reconocer esos matices permite ser más flexible con uno mismo y mantener el hábito sin castigarse por no alcanzar la perfección.
Porque confundes constancia con exigencia
Ser constante no significa empujarte hasta el límite cuando tu cuerpo y tu mente piden pausa. Muchas veces, los hábitos que deberían ser un acto de cuidado se transforman en cadenas de obligación, y en ese peso silencioso se esconde la sensación de fracaso que nos hace dudar de nosotras mismas. Reconocer la diferencia entre disciplina y autoexigencia es un paso profundo hacia un cambio sostenible y amable.
Porque no siempre tienes en cuenta tu momento vital
No es lo mismo intentar un cambio desde un lugar de calma y claridad que hacerlo cargando con cansancio, ansiedad o heridas que aún no hemos procesado. A veces creemos que debemos avanzar a toda costa, pero nuestro cuerpo y nuestra mente nos recuerdan con señales sutiles (o intensas) que necesitamos respeto y tiempo. Ignorar estas señales no solo genera frustración, sino que puede profundizar la sensación de agotamiento y desconexión con nosotras mismas.
Porque aparece la culpa
“Ya lo he dejado otra vez”.
“Siempre me pasa lo mismo”.
Sientes un nudo en el pecho, una mezcla de frustración y vergüenza que te hace dudar de ti misma. ¿Te suena? La culpa se instala como un peso silencioso que te paraliza, y abandonar a veces aparece no como un fracaso, sino como un refugio momentáneo frente a esa presión interna que parece no darte tregua
Quizá la pregunta no sea “por qué abandono”, sino “qué me está pasando”
Antes de juzgarte, puede ser útil preguntarte: 
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¿Este propósito es realista para mí ahora?
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¿Desde dónde lo he empezado: cuidado o autoexigencia?
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¿Qué parte de mí se está agotando?
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¿Qué necesitaría para que esto fuera más amable?
A veces abandonar no es rendirse, sino una señal de que necesitamos cambiar la forma en que nos hablamos a nosotros mismos y las preguntas que nos hacemos, para que nuestro diálogo interno nos apoye en lugar de agotarnos.
Cómo relacionarte de manera más amable con tus hábitos y propósitos
Baja el listón (mucho más de lo que crees)
Un hábito sostenible es el que cabe en tu vida tal y como es hoy. Mejor pequeño y posible que grande e inalcanzable.
Permítete pausar sin sentir que has fallado
Parar no invalida lo que ya has hecho.
Puedes retomar sin empezar desde cero ni castigarte.
Revisar el «para qué»
Si un hábito solo se sostiene desde el deber, es normal que te sientas agotada y que pierdas la motivación. Conectar con lo que realmente te importa y con lo que te hace sentir bien suele ser mucho más potente que intentar cumplirlo solo por obligación.
Cambia el diálogo interno
No es solo pensar: “ya lo he dejado otra vez”.
Es notar la voz que te critica y, en lugar de pelear con ella, susurrarte: “esto no encajaba conmigo en este momento, y está bien”.
Ese pequeño giro de mirada hacia ti misma puede transformar la experiencia y abrir espacio para retomar con calma y cuidado.
Cuando este patrón se repite 
Si sientes que entras a menudo en el ciclo de entusiasmo, exigencia, abandono y culpa, puede ser útil explorarlo en terapia.
Muchas veces no se trata de los hábitos en sí, sino de cómo te relacionas contigo cuando intentas cambiar.
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Quiero decirte que…
A veces no abandonas porque no quieras cuidarte. Abandonas porque te has pedido más de lo que podías sostener en ese momento.
Porque has intentado cambiar desde el “tengo que”, desde la exigencia, desde la idea de que algo en ti no era suficiente como estaba.
Y quizá el aprendizaje no sea insistir más fuerte, sino escuchar mejor: Escuchar qué necesitas ahora, qué ritmo es posible, qué forma de cuidarte no te deja agotada.
No siempre se trata de volver a empezar, sino de empezar distinto: con más respeto, más paciencia y menos castigo.
Y si hoy la tentación de abandonar aparece, tal vez no sea una enemiga, sino una señal, una invitación a revisar cómo te estás tratando.
Avanzar no siempre es hacer más, sino hacerlo con más calma.